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Sociedad

Un mundo muy distinto al de 1789: ¿seguimos viviendo en la Edad Contemporánea?

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En la escuela (y aún en la universidad) nos enseñan que el derrotero de la humanidad, desde la invención de la escritura, puede dividirse en cuatro «edades»: Antigua, Medieval, Moderna y Contemporánea. La última, abierta con el impulso conjunto de la Revolución francesa de 1789 y la revolución industrial, implicó el fin de los privilegios feudales y las monarquías absolutas (eso que hoy llamamos «Antiguo Régimen»), así como el ascenso de la burguesía. El proceso no fue inmediato ni lineal, pero está claro que la sociedad nunca más fue la misma.

A partir de entonces, sin embargo, se sucedieron grandes cambios. «??Solo en los últimos 30 años, cayó el Muro de Berlín, se disolvió la Unión Soviética, se desataron nuevas guerras civiles e internacionales, florecieron rebeliones en Medio Oriente y movimientos sociales originales, hubo desequilibrios financieros, ascensos de nuevas derechas, conflictos comerciales y mejoras sin precedentes en materia de conectividad.

¿Qué tienen en común los hombres y mujeres de este siglo XXI globalizado con aquellos que vivieron en 1789? ¿Se parecen sus formas de trabajar y relacionarse? ¿Entenderían sus respectivos gobiernos y patrones de consumo? En otras palabras -y para terminar con tantas preguntas-: ¿los une todavía un hilo de continuidad o pertenecen a tiempos dispares?

«??Clarín habló con el doctor Mariano Eloy Rodríguez Otero, docente de Historia Contemporánea e Historia de España en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires; y director del Instituto de Historia de España en la misma institución. Rodeado de libros y anotaciones, brindó su visión sobre las principales discusiones que atraviesan hoy a los investigadores.

De qué hablamos cuando hablamos de «edades»

Rodríguez Otero comienza con una aclaración: «Toda división histórica es artificial, surge de una decisión de los historiadores, de los especialistas y también de la sociedad. Hay, sin duda, una decisión profesional, académica y escolar por parte de aquellos que escriben la historia».

El reconocido medievalista Jacques Le Goff recordaba que la misma división del tiempo en siglos (o lapsos de cien años) es una costumbre relativamente reciente, del siglo XVI. Antes de eso, se utilizaban otras formas de «partir» el tiempo, como las cuatro estaciones o en las seis edades de la vida en la tradición judeocristiana.

La cuestión de las «edades» es aún más tardía. «Los términos se ponen después de los hechos. Un viejo maestro solía decir que ningún escudero despertaba a su señor diciendo: ‘despertaos, que hoy comienza el Renacimiento'», bromea Rodríguez Otero.

En 1685, el historiador alemán Christophorus Cellarius fue uno de los primeros en popularizar la clásica progresión Antigüedad-Medioevo-Modernidad (excluyendo a las sociedades no europeas). En la actualidad los estudios mantienen la clasificación, pero debaten las fronteras entre una época y la siguiente, a la vez que toman reparos según la región: no ocurrió lo mismo en Francia, que en Inglaterra o España.

La idea de «contemporaneidad» -detalla Rodríguez Otero- surgió en el siglo XIX, en el ámbito filosófico e historiográfico, como eco de las transformaciones desatadas por los grandes procesos revolucionarios. Desde una perspectiva latina, los inicios de esta nueva edad contaron con hitos propios, como las revoluciones americanas.

¿Dónde se acaba la tarea del historiador?

Marc Bloch, el fundador de la escuela historiográfica más importante del siglo XX -los Annales-, introdujo otro interrogante: si el presente es efímero y la frontera con el pasado se corre constantemente, ¿en qué punto termina la tarea del historiador y comienza la del político, el sociólogo o el periodista?

«??Bloch analizó la derrota francesa, luchó contra la ocupación nazi y hasta escribió un ensayo sobre el oficio del investigador, antes de ser asesinado por la Gestapo. Creía que el rol del historiador no es pasivo y confiaba en que se puede aplicar un método riguroso para entender fenómenos milenarios, pero también los actuales. 

Rodríguez Otero coincide con este punto de vista: «Tucídides, el gran historiador griego, escribió sobre la Guerra del Peloponeso en el siglo V a. C., tras haber peleado en ella. Uno puede hacer historia de lo que nos rodea, con criterios de historiador. En cierto sentido, la tarea del historiador puede asemejarse a la del periodista. El cronista Ryszard Kapu?ci?ski reivindica a Heródoto como el primer periodista y nosotros lo reivindicamos como el primer historiador. Los criterios entre ambos no son muy diferentes. Quizás el historiador dispone de una mayor perspectiva y una menor urgencia».

«En 1915, Benedetto Croce decía que ‘toda historia es historia contemporánea’: es decir, que se hace desde las preocupaciones y las necesidades del presente. Se les pide a los historiadores que sean objetivos, cuando son sujetos, no objetos. Lo importante es la honestidad», concluye.

¿El fin de la historia?

El historiador Eric Hobsbawm dividió la Edad Contemporánea en cuatro etapas, hasta 1991: una «era de la revolución» (1789-1848); una «era del capital» (1848-1875); una «era del imperio» (1875-1914); y un «corto siglo XX». Este último período concentró en pocos años dos guerras mundiales, la Revolución rusa, la Gran Depresión, los horrores del nazismo, la Guerra fría, las protestas de 1968 y la caída de la Unión Soviética.

En 1917, en el marco de las calamidades de la «Gran guerra», se desencadenó un parteaguas en la historia contemporánea: la Revolución rusa. Esta primera insurrección obrera triunfante marcó el camino para un nuevo fenómeno del siglo XX, la creación de estados socialistas.

El fracaso del llamado «socialismo real» y el avance neoliberal fue vivido por los intelectuales y las sociedades -a uno y otro lado del Muro- como un gran quiebre. Francis Fukuyama decretó directamente el «fin de la historia», entendida como el fin de las tensiones sociales. Hobsbawm, en cambio, desconfió del triunfo de un nuevo orden económico y político. Tuvo razón.

Desde el estallido de la burbuja hipotecaria, hasta la expansión de la derecha xenófoba y los movimientos socialistas o «antiglobalización»… los acontecimientos posteriores confirmaron que hay historia para rato.

«En 1989 no dijeron nada que no se hubiera dicho en otro momento, cuando -con cierta cortedad de miras- parecía que se imponía un nuevo modelo», elucida Rodríguez Otero. «Después del ciclo de revoluciones de 1848, cuando se impuso la burguesía en gran parte de Europa, también se habló del ‘fin de la historia’. Y aquí estamos».

La ilusión de una nueva «era digital» y el «fin del trabajo»

A partir de la creación de la World Wide Web a comienzos de los 90, el crecimiento de las comunicaciones impresiona. Acciones que antes demoraban días, a veces meses, hoy están disponibles mediante un clic. Las distancias se acortaron y cualquier conocimiento parece al alcance de la mano. Pero ¿esto es suficiente para marcar el traspaso a un nuevo período histórico? 

Debemos recordar que la humanidad ha experimentado otros saltos en este campo, que percibió como igualmente importantes. Hace casi 150 años, el New York Times definía al telégrafo como un bien «absolutamente necesario para el bien de la humanidad», la «autopista que une a la Tierra». Ni hablar de la invención de la imprenta, un dispositivo fundamental en el desarrollo de la modernidad.

Sin restarles importancia, es importante subrayar que las nuevas tecnologías -en este caso, de la comunicación- no funcionan por sí solas, sino que se vinculan con las condiciones generales de la sociedad. Cada progreso en la técnica necesita una estructura social que le brinde soporte.

También hay quienes hablan del «fin del trabajo asalariado» (al menos como lo conocimos durante gran parte de la Edad Contemporánea), a partir de los avances recientes en inteligencia artificial, big data y robótica. Indudablemente, rubros como la programación y el mercado de bitcoins auguran nuevas carreras y formas de contratación. Sin embargo, este proceso afecta todavía de manera muy desigual los países -incluso a las cuidades dentro de un solo territorio-; y, más aún, según la rama de la economía. No es lo mismo Tokio que La Paz, ni la industria espacial que la de calzado.

«Cuando era chiquito, decían que empezaba la Edad Atómica y espacial. Actualmente, hasta se suspendieron los viajes a la luna», ironiza Rodríguez Otero. El doctor hace una acotación importante: ninguno de los grandes inventos salió de forma individual, ni de un día para el otro. Fueron el resultado de procesos que pudieron tener su punto de arranque en otras latitudes y otras épocas.

«Tiempos contemporáneos»

Rodríguez Otero concluye: «No creo que se haya acabado ni la modernidad, ni los tiempos contemporáneos. Lo esencial del planteo de los ilustrados del siglo XVIII -es decir, que toda persona es dueña de su conciencia y sus decisiones- sigue vigente. Entre otras cosas, por lo amenazado que está». El profesor saca de su biblioteca un libro de casi mil páginas. Se trata de El mundo contemporáneo: historia y problemas, de Julio Aróstegui, Cristian Buchrucker y Jorge Saborido.

Allí aparece la categoría de «historia presente» para abarcar las últimas décadas de la humanidad, generalmente poco representadas en los manuales de historia contemporánea. Una época de cambios económicos, tecnológicos y culturales, menos abruptos y abarcativos que aquellos del siglo XVIII, pero igualmente presentes en la conciencia social.

¿Podremos estar cursando una época de transición?, se preguntan los autores. Hay elementos que responden en ambos sentidos. Una cosa es segura: los historiadores no lo descifrarán solos. Como suele decirse, tiempo al tiempo.

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