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40 días en el hielo: la aventura de navegar 10 mil kilómetros en el Almirante Irízar

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Existe un lugar en el que la naturaleza se expresa gélida y amenazante. El hombre rara vez es bienvenido allí; aunque algunos adiestrados en la aventura logran penetrar las aguas glaciares de ese continente prístino, de clima cambiante y hostil que es la Antártida. Por esos confines navega un gigante, el rompehielos Almirante Irízar, capaz de embestir y penetrar en los campos de hielo como un intruso.

Viaje en el rompehielos Almirante Irízar para llevar provisiones a la Antártida. Crónica del viaje por el fin del mundo. / Sebastían Lobos Gaceta Marinera

Las seis bases permanentes y siete temporarias que Argentina despliega estratégicamente en ese inconmensurable desierto helado son abastecidas por este buque, único en su tipo en Sudamérica. Una vez al año realiza un servicio de «??delivery»? de los suministros necesarios para la supervivencia de los próximos doce meses. Y, diligente, retira sus desechos. También despliega y repliega militares y científicos que soportan largas invernadas y a los que permanecen solo durante los meses de verano.

La del rompehielos es una lucha desigual entre las quince mil toneladas de su estructura de acero naval y la del agua salada que, a temperaturas a partir de los -1.8° C del agua y 0° C del aire, se solidifica para formar inmensos y espectaculares campos de hielo.

Viaje en el rompehielos Almirante Irízar para llevar provisiones a la Antártida. Crónica del viaje por el fin del mundo. / Sebastían Lobos Gaceta Marinera

Los hay de distintas edades y grosores: cuanto más añejos, más duros e infranqueables. El Irízar quiebra como a un espejo los que tienen hasta seis metros de espesor. Pero esquiva los más viejos, los verdosos o azulados, que son indoblegables por su dureza. Su presencia supone virar el rumbo en búsqueda de hielo vulnerable, que siempre es hielo de corta edad.

En su última Campaña Antártica de Verano 2018-19, que finalizó hace algunas semanas, el Irízar recorrió 19.300 millas náuticas, el equivalente a 35.000 km, en 127 días de operaciones. Clarín fue el medio embarcado en exclusiva durante los 40 días que demandó el segundo tramo de campaña. Fue una travesía de 4.887 millas náuticas (9.050 km), que se inició en Buenos Aires y atravesó el mar argentino, con apenas una parada en la Base Naval Puerto Belgrano. Allí se embarcaron dos helicópteros Sea King y se navegó sin más dilaciones hasta la Antártida.

En ese trayecto, atravesó latitudes de aguas indómitas. La de «??Los 40 Bramadores»? (altura Carmen de Patagones), «??Los 50 Aulladores»? (Puerto Santa Cruz) y «??Los 60 Tempestuosos»? (cruce del Pasaje de Drake), que en la jerga náutica internacional corresponden a los paralelos 40º, 50º y 60º de latitud Sur del mar argentino, el océano Atlántico, y el mar de Scotia en aguas antárticas. Cuanto más al sur, mayor es la fuerza de los temporales. Como en el Pasaje de Drake, donde confluyen dos océanos, cuyas furibundas aguas auguran una «??rigurosa bienvenida»? a la Antártida.

Así, entre cabeceos de vértigo, el rompehielos finalmente arribó a las bases Esperanza, Carlini, Orcadas, Marambio y Petrel. Pero en el medio hubo que vivenciar lo más difícil y apasionante: la embestida del hielo y la navegación entre campos de escombros helados con fuertes vientos azotando de día y en noches oscuras.

Viaje en el rompehielos Almirante Irízar para llevar provisiones a la Antártida. Crónica del viaje por el fin del mundo. / Sebastían Lobos Gaceta Marinera

La mujer de los hielos

Diariamente, a las seis de la tarde, tras escudriñar las imágenes satelitales, la glacióloga Beatriz Lorenzo brinda a la plana mayor del buque un pormenorizado informe sobre la condición de los hielos para la navegación.

Lorenzo embarcó por primera vez en el Irízar en 1979, durante la prueba inaugural. ?sta incluía a expertos finlandeses del astillero que certificaban las aptitudes del buque recién construido para quebrar los hielos. Con 14 campañas, ella es «??la mujer de los hielos»?. Explica que existen dos tipos, el terrestre y el marino. Este último se produce por congelamiento del agua salada. «??En el mar se forman grandes y homogéneas superficies de hielo marino, llamadas bandejones. La parte que aflora puede alcanzar los cuatro metros»?, precisa. Pero aclara que los hielos terrestres o continentales, llamados témpanos, son desprendimientos de glaciares del continente que luego navegan a la deriva. Llegan a tener tamaños siderales. Sólo un quinto de la porción de un témpano aflora en superficie; el resto queda sumergido. Y por debajo del agua se ensanchan con forma de espolón. Y se extienden como afiladas cuchillas, lo que constituye un fuerte peligro para la navegación.

Viaje en el rompehielos Almirante Irízar para llevar provisiones a la Antártida. Crónica del viaje por el fin del mundo. / Sebastían Lobos Gaceta Marinera

Por último, advierte que otro fuerte peligro radica cuando por el efecto de los vientos y las corrientes, los témpanos se desplazan por el mar. Lo dice anticipándose a la cinematográfica persecución de un descomunal témpano que el rompehielos sorteará días después.

Témpano al acecho

Ha sido una noche larga para el comandante del Irízar, Maximiliano Mangiaterra (49 años, 13 campañas antárticas). Ahora, distendido, cuenta lo que él mismo califica como su peor noche como comandante en los hielos.

«??Lo que hay que entender es que en esta porción de la Antártida como es la cercanía a la Base Marambio, la Barrera de Larsen (una extensa plataforma de hielo ubicada en la cara Este de la Península Antártica) está produciendo grandes desprendimientos de hielos. Esto provoca fluctuaciones de gigantescos témpanos de hielo viejo, muy duro, que se forman al Este del mar de Wedell. Y por la corriente que posee ese mar, que va en sentido horario, esas masas de hielo derivan hacia el Oeste y luego trepan en dirección a la Base Marambio»?, explica Mangiaterra. Agrega: «??Es por eso que a pesar de ser Belgrano II y San Martín las bases más australes que posee la Argentina, Marambio termina siendo la más peligrosa para navegar»?.

Horas antes, un témpano tabular de 40 metros de alto por 3,2 km de largo acechaba al Irízar. Soplaba un viento de 70km/h y el campo de hielo era tan compacto que comenzó a aprisionar al buque. «??Siempre se debe tener un poco de agua a popa para poder ir hacia atrás y escapar»?, instruye Mangiaterra, que pasó la noche intentando generar una vía de escape en la masa polar. No bien el comandante encontraba un claro de agua, por efecto del viento y de las corrientes, el gigantesco témpano se cernía sobre el buque. Hasta que el hielo se cerró completamente a popa del navío. Desde los camarotes y entre sueños se escuchó durante la noche la potencia de los cuatro motores del Irízar «??serruchar»? a toda máquina el piso helado. Cuando por fin el buque pudo salir de esa encrucijada y ganarle la posición al témpano acechó otro igualmente enorme que se observó desde las ventanas de los camarotes. Durante ocho horas en la madrugada, desde el puente de comando se libraba esa lucha desigual. «??Esto es lo que tiene la Antártida, nunca estás cómodo porque la masa de hielo está en constante movimiento y se te viene encima»?, dice Mangiaterra.

Viaje en el rompehielos Almirante Irízar para llevar provisiones a la Antártida. Crónica del viaje por el fin del mundo. / Sebastían Lobos Gaceta Marinera

Sobre cómo hace un rompehielos para fracturar los bandejones de hielo, el comandante explica que «??el buque realiza una montada violenta a no más de diez nudos para no deformar el casco. Se llama «??ramming»? y significa corrida. La nave vibra, se inclina y hace una carambola sobre el hielo. Se escucha como si el hielo estrujara el casco. Eso es lo que estuvimos haciendo durante toda la noche de ayer: luchar contra las fuerzas de la naturaleza»?, concluye Mangiaterra.

El gruñón

En la Antártida existe, además, un peligro que es el villano de todos los navegantes: el gruñón. Es el corazón de un témpano. Y el más peligroso de los hielos porque es extremadamente duro y milenario. Flota a dos aguas y el radar no lo detecta porque aparece y desaparece. Es críticamente peligroso topárselo en una navegación ya que puede abrir el casco de metal de un buque como un diamante. Y mientras el hielo normal es color blanco, al ser el gruñón transparente se mimetiza con el mar.

Los marinos antárticos alrededor del mundo lo usan para tomar whisky. Y del más caro. Al poner un trozo de gruñón con esa bebida, entra en temperatura y libera el oxígeno que contuvo encerrado durante miles de años. Esa liberación produce un sonido muy peculiar como si el hielo gruñera.

Desaten el infierno

Sólo la presencia humana quebranta el sepulcral silencio antártico. Una ventana meteorológica de vientos calmos permite operar los helicópteros. Hay que apurarse, la Antártida es ciclotímica. «?Desaten el infierno»?, ordena el segundo comandante, Sebastián Musa. Entonces, el Irízar se convierte en un teatro de operaciones a cielo abierto. Se abren los hangares, asoman los Sea King. Se rebaten las barandas de seguridad de la cubierta de vuelo. La popa se convierte en una pista de aterrizaje azotada por la turbulencia de las aspas. Pilotos, mecánicos, señaleros y personal de cubierta, trasladan los suministros a tierra. Se bajan lanchas y semirígidos, sólo cuando el mar y las costas están despejadas de hielos.

En las playas de las bases se organizan cadenas humanas para la descarga. Los helos, como llaman a los helicópteros a bordo, no descansan hasta vaciar las bodegas. La hora de vuelo de Sea King cuesta $ 190.000. Se necesitarán 250 horas para completar la campaña. Es una operatoria infernal cronometrada con precisión suiza por el comandante del Componente Naval, Carlos María Allievi.

Aquel otro infierno, el real

Otro infierno, muy diferente, se vivió a bordo 10 años antes. Era el 10 de abril de 2007, después de cenar. La Campaña Antártica concluía exitosa y el buque iba rumbo a Buenos Aires. A 150 millas de Puerto Madryn, la tubería de uno de los motores se fisuró y generó un spray de combustible. El motor Nº 2 se prendió fuego y las llamas se propagaron rápidamente.

Por el difusor de órdenes, se escuchó al segundo comandante decir: «??Prestar atención, cubrir puestos de lucha contra incendio»?. La tripulación adiestrada comenzó a combatir el fuego. El humo negro avanzaba, el olor a quemado se esparcía por el sistema de ventilación. De repente, el Irízar quedó a oscuras. Sin propulsión y a la deriva. En un lapso de tres horas, el incendio se tornó incontrolable y devastador. Alcanzó el hangar en el que estaban los dos Sea King y, literalmente, los derritió. Cuando las llamas se acercaban a las balsas salvavidas, el capitán de Fragata Guillermo Tarapow dio la orden que ningún comandante quiere dar: «??Prestar atención, les habla el comandante. Por seguridad ordeno el abandono del buque. Repito»?»?.  El Irízar ardía pero no se estaba hundiendo. Se lanzaron 20 balsas salvavidas. «??Fue una evacuación ordenada y silenciosa, respetando los más de 300 tripulantes su turno para subir a las balsas»?, cuenta el suboficial Primero, Cristian Matías.

«??Yo estaba todo mojado y hacía mucho frío. Un camarada se sacó su campera y me la ofreció. Ambos nos turnábamos con ese único abrigo para entrar en calor»?, relata Matías. Mientras tanto en el mar se avivaba la ironía: un rompehielos expidiendo lenguas de fuego naranja, como su casco. El comandante Tarapow se quedó solo a bordo del buque y lo llevó remolcado a Puerto Belgrano. El Irízar, en funciones desde 1979, había quedado destruido en un 80%. Durante los siguientes 10 años sería reparado en Tandanor, por 150 millones de dólares según se informó oficialmente, para volver en 2017 a su lugar, el hielo.

Negro sobre blanco

Clarín recorrió cuatro de las seis bases permanentes, dispuestas en la fase 2 de campaña. Accedió desde el Irízar con helicópteros Sea King o lanchas de traslado. Las dos bases más australes: Belgrano 2, situada al sudeste de la Península Antártica sobre el mar de Weddell, y San Martín, en el sudoeste de la península, fueron reabastecidas en la fase 1 y 3 de la campaña.

Según datos oficiales, este año el presupuesto de campaña fue de 800 millones de pesos. Se trasladaron científicos y personal militar.

Se realizó el mantenimiento a las bases, se compraron los insumos y se movilizaron tres buques: el Irízar y dos avisos de apoyo: el ARA Bahía Agradable y el ARA Islas Malvinas, ambos pertenecientes a la Patrulla Antártica Naval Combinada (PANC), que desde 1998 la Armada Argentina opera junto a la Armada de Chile.

Las seis bases antárticas permanentes se desempeñan sin novedad, mientras que este año fueron abiertas sólo tres de las siete bases temporarias: Primavera, Petrel y Brown. Decepción, Cámara, Melkior y Matienzo deberán esperar al próximo verano.

Cerca de 200 argentinos viven en la Antártida. La Base Esperanza alberga familias, unos 20 niños y la escuela antártica que depende del gobierno de Tierra del Fuego. Mil personas participaron en forma directa o indirecta en la Campaña Antártica. Doscientos científicos de la Dirección Nacional del Antártico (DNA) realizaron sus investigaciones durante el verano. Y 15 actualmente invernan junto a otros 12 meteorólogos del Servicio Meteorológico Nacional dependiente del Ministerio de Defensa.

Hielo virgen

«??Cada año se descubre un lugar nuevo donde el hombre no ha transitado antes. Esto es un baluarte para la investigación. Acceder al conocimiento del tiempo cero de un lugar»?, dice Antonio Curtosi, jefe científico de la Dirección Nacional del Antártico (DNA).

Viaje en el rompehielos Almirante Irízar para llevar provisiones a la Antártida. Crónica del viaje por el fin del mundo. / Sebastían Lobos Gaceta Marinera

«??Es un esfuerzo conjunto que hace 115 años realiza la Nación con una política estratégica perdurable, que se mantiene gracias al empeño del personal y medios de las Fuerzas Armadas, para servir a la soberanía y la ciencia»?, dice el comandante Conjunto Antártico (COCOANTAR), Justo Treviranus.

Despedida antártica

De regreso a Ushuaia, antes del nuevo cruce del pasaje de Drake, esta cronista es invitada por las autoridades del Irízar a probar un gruñón. Es una cordial despedida. En los típicos vasos sirven la noble bebida.

Silencio. Gruñe un whisky.

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